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La mujer y sus genitales

Hombres y mujeres se relacionan distinto con sus órganos sexuales y de ello derivan diferencias en la salud y el bienestar.

Niña cultural
Hombres y mujeres se relacionan distinto con sus órganos sexuales y de ello derivan diferencias en la salud y el bienestar. Las diferencias en cuanto a lo anatómico y funcional son claras y no es el objetivo de este artículo el repasarlas. Pero existen otros planos no objetivos sino subjetivos, familiares y culturales que hacen que varones y mujeres tengan una relación diferenciada con sus órganos genitales.
En efecto, la verdad sobre la cual fundaremos la presente exposición es que el ser varón o mujer, el género, no es sólo una cuestión anatómica, que sólo nos advierte si estamos en presencia de un macho o una hembra. El género trasciende lo físico y alcanza una dimensión mucho más compleja del ser humano. Esa dimensión es propia de cada cultura y de cada tiempo, y está influida por los valores que guían la educación de niños y niñas en cada época y lugar.
Por supuesto que lo anatómico cuenta. A lo largo de toda su vida, el varón estará llamado a ver y tocar su pene cada vez que tenga deseos de orinar. Mientras tanto, muchas mujeres no han visto jamás su vulva, o sólo tomaron contacto visual con ella luego de su primer parto. La verdad es que el pene y los testículos (o más bien el saco escrotal) se ven por ser externos, mientras que los órganos genitales de la mujer, aun los externos, están mucho más escondidos a la propia vista. Muchas mujeres no saben, incluso, que cuentan con dos orificios separados: uno genital y otro urinario!
El propio reflejo
¿Cómo hace una mujer para ver sus genitales, según lo que decíamos en el apartado anterior? La manera en que puede ver su vulva es con la ayuda de un espejo: simple pero no tan obvio como algunos creen. Muchas mujeres jamás han recurrido a este artefacto a la hora de autoconocerse. En todo caso, e ingenuamente, podríamos preguntarnos: ¿para qué lo haría?
Existen muchas e importantes razones. La primera de ellas es la simple y sanísima curiosidad típica del ser humano, sobre todo cuando estamos hablando de una parte del propio cuerpo, del propio ser. La autoexploración, tan reclamada en las últimas décadas por aquellos que trabajan por los derechos sexuales de las mujeres, no puede ser sólo táctil. Aunque el tocar representará -como veremos- una posibilidad importante a la hora de procurarse placer y bienestar, el ver tiene mucha importancia para un reconocimiento y una formación de la propia imagen.
Pero además, es sólo mediante la observación como una mujer puede advertir los síntomas de algunas enfermedades de transmisión sexual (ETS o ITS). Al no doler ni picar, sino sólo presentarse como marcas en la mucosa sexual, estos síntomas (como el chancro de la sífilis por ejemplo) deben ser descubiertos con la exploración visual frecuente. Si esa exploración es dejada sólo al ginecólogo (una vez al año), un síntoma que puede durar seis o catorce días y luego desaparecer, puede pasar inadvertido, y la enfermedad pasar a etapas más silenciosas pero no menos riesgosas.
Eso no se toca
Otra diferencia entre varones y mujeres es el permiso temprano para tocarse. Los varoncitos juegan con su miembro y la mayoría de ellos no es amonestado. Las niñas, en cambio, no suelen tocar esa parte de su cuerpo porque:
o es "mala educación";
o es "sucio o cochino";
o es "pecado";
La vulva es tocada tempranamente por mamá o papá, u otro adulto encargado del cuidado de la pequeña, por razones de higiene. Pero, significativamente, las estadísticas sobre abuso sexual de menores exponen en una mayoría alarmante a las niñas con respecto a los varones. Y alarmantemente también, el abusador o la abusadora son mayoritariamente adultos cercanos en lo familiar o afectivo.
Tal parece que esa zona que ella no puede tocarse, que sólo toca un otro con poder, debería estar mucho más naturalizada, apropiada, para poder ser defendida a la hora de un ataque sexual. En efecto, una niña gritará y se defenderá cuando le jalan los cabellos. Pero muchas niñas resisten en silencio el toque abusador sobre sus genitales, ya que no han sido educadas en ese reconocimiento y esa apoderación de la zona genital.
Muchas son las razones para revisar la educación que reciben niños y niñas sobre la dimensión sexual de su propio ser y de los demás. Quizá un cambio profundo en esta educación podría evitar muchas enfermedades, y a la vez posibilitaría a las mujeres el vivir su sexualidad en forma mucho más natural, libre y placentera.

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